Las personas con familiares de primer grado con fractura de fémur tienen un riesgo mayor a sufrir una

Generalmente la osteoporosis se asocia casi exclusivamente a mujeres. No obstante, de cada 100 afectados, 20 son hombres. Este deterioro óseo se manifiesta sobre todo tras la menopausia, pero también puede presentarse en hombres a partir de los 70 años. Es lo que se conoce como osteoporosis senil. Sin embargo, esta enfermedad también puede desarrollarse en hombres jóvenes, si bien representa un número reducido de casos. Una de las causas por las que se produce esta osteoporosis secundaria es el déficit de testosterona. Esta hormona tiene un papel clave en el desarrollo de los testículos y la próstata, así como en el crecimiento de la masa ósea. Y, aunque los ovarios también la fabrican, el hombre produce alrededor de diez veces más testosterona que la mujer.

Hoy en día empieza a conocerse más sobre la osteoporosis masculina, pero todavía existen pocos estudios contundentes al respecto. Hasta hace poco los datos que se obtenían de los ensayos en mujeres se extrapolaban al varón. De hecho, los parámetros densitométricos para definir la osteoporosis en el hombre se basan en los de las mujeres postmenopáusicas. Y, aunque actualmente ya se dispone de más estudios sobre tratamientos eficaces en hombres, aún queda trabajo para avanzar en el diagnóstico precoz. “En el hombre no existe ningún momento en la vida, como pasa en la mujer con la menopausia, que marque el inicio de la enfermedad, por eso en los varones con frecuencia descubrimos esta patología a raíz de un traumatismo, que ocasiona una fractura”, lamenta Mercè Ramentol, especialista reumatóloga de Dexeus.

En las mujeres la principal causa de osteoporosis es la pérdida de estrógenos, encargados de proteger los huesos. Estas hormonas se producen principalmente en los ovarios y son responsables, entre otras cosas,  del desarrollo de los pechos y el ciclo menstrual. Cuando su producción aumenta indica el inicio de la pubertad y, de la misma forma, disminuye con la menopausia. Por lo tanto, tras el climaterio, los huesos de la mujer quedan desprotegidos. Sin embargo, habrá quienes lleguen a la vejez con mejor calidad ósea que otras porque, aunque la menopausia es un importante factor de riesgo de osteoporosis, no es el único.

De entrada, aproximadamente el 70% del riesgo de sufrir osteoporosis tiene base genética. “Se ha demostrado que la presencia de fracturas de fémur en familiares de primer grado, padre o madre, indica una predisposición genética a las fracturas por fragilidad, es un factor de riesgo muy importante”, señala Ramentol. De la misma forma, haber sufrido previamente una fractura vertebral por fragilidad, es decir, la producida por un traumatismo de bajo impacto, supone un riesgo de sufrir una segunda fractura cinco veces mayor que en el resto de la población. Recientemente investigadores de la Universidad de Cantabria han participado en un estudio internacional que ha permitido identificar genes que influyen en el riesgo de desarrollar osteoporosis y de sufrir fracturas de cadera. Se han hallado variantes genéticas en 56 regiones del genoma.

La edad, la delgadez, los tratamientos con corticoides y el consumo de tabaco y alcohol también suponen un importante factor de riesgo de fractura. “Existen otras enfermedades que de por sí también producen osteoporosis como puede ser la artritis reumatoide o la diabetes, entre otras”, añade Ramentol.

Además del tratamiento farmacológico, que tiene como objetivo frenar la pérdida de hueso, y en algún caso generar nuevo, debe controlarse la dieta y la actividad física. El ejercicio es esencial porque el hueso se descalcifica con la inactividad. Esto se evidenció al observar que los astronautas, que pasaban largos periodos de tiempo en la ingravidez y sin moverse, sufrían una rápida pérdida de hueso. El ejercicio físico debe ser de impacto, “andar y correr son las mejores actividades para favorecer la formación de hueso”, explica Antoni Tramullas, especialista en medicina del deporte. Lo ideal es que se realice, como mínimo, durante 30-45 minutos unas tres veces por semana. Además, se debe combinar con el trabajo muscular y de estiramiento. “Ejercitar la musculatura, además de ayudar a la formación ósea o, en su caso, a ralentizar la pérdida, también crea una protección frente a caídas, ya que los músculos y los ligamentos son el caparazón que resguarda las articulaciones”, apunta Tramullas. El ejercicio no sólo representa un beneficio físico, también psicológico. Por eso debe ser parte tanto del tratamiento como de la prevención, especialmente en personas de alto riesgo.

La alimentación debe complementar el tratamiento. La correcta ingesta de calcio y vitamina D es imprescindible. La mayor fuente de calcio se encuentra, entre otros alimentos, en lácteos, legumbres, verduras, sardinas y berberechos. La vitamina D se asimila sobre todo por la radiación solar. Los profesionales recomiendan ingerir un mínimo de 800 unidades de vitamina D diarias, pero lo ideal sería entre 1.000 y 2.000. En pacientes con riesgo de osteoporosis o que ya se estén tratando se recomienda suplementar la vitamina D con ampollas cada 15 días o tres semanas.

Artículo original en www.saludymedicina.org

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